A veces hago este gesto sin darme cuenta. Estoy buscando algo por encima de la mesa, no lo encuentro, y entonces me descubro a mí misma en un gesto que no debería hacer así, sin previo aviso: abro el cajón de mi escritorio. Y del cajón del escritorio empiezan a saltar papeles, nombres, números, recuerdos. Y se escapan todos por encima de la mesa y entonces es ya imposible que encuentre nada, y aún más, se me olvida qué estaba buscando. Y al fondo del cajón, observándome, se queda quieta la libreta de estos últimos años, con sus letritas negras que un día dejé ahí puestas y a las que ya no volví a hacer caso. Abro al azar cualquiera de sus páginas y me asomo a otra Djuna que ahora tengo un tanto olvidada:
Del tiempo
I
Alcancé una palabra
pero no me sirvió de mucho en el silencio
de las palabras encerradas en sí mismas.
II
La tinta avanza por este cuaderno
y todo es cuestión de tiempo
pero a veces no basta con sentarse en el rincón más antiguo.
III
Se supone que existo detrás de cada palabra
y estoy sola frente al tiempo
vacío
en el que nada existe.
Por curiosidad voy hasta la última página, y repaso qué es lo último que escribí allí. Son cuatro versos que ya no recordaba:
Comienza a llover en el tiempo que fue de otros
las palabras no son más que gotas negras
sobre un papel de cristal
en el que se trasluce la memoria.
Lentamente el papel me reclama de nuevo, más allá de esta pantalla también existen palabras, y detrás de mí siento de nuevo una libreta en blanco.
Azena — hace 2 años y 35 meses
Purkinje — hace 2 años y 35 meses