Últimamente tapo el cielo por las noches. Al principio no me importaba, lo dejaba ahí descubierto todo el día en el estudio, y por las noches me iba al dormitorio, mientras el cielo iba inundando el otro cuarto. Pero ahora que está mi hermano por aquí, le he prestado a él mi dormitorio, y yo me he instalado día y noche en el estudio, junto a mi ordenador y a mis libros. Así que cuando me meto en la cama, el cielo está ahí, descarado, mándandome reflejos nocturnos de todo tipo, principalmente luces de vecinos insomnes, y riéndose un poquito de mí, porque la luna, con lo que me gusta, me la esconde al otro lado de la casa.
Me da pena taparlo, porque por las mañanas abría un ojo, y luego otro, y ahí estaba el cielo generalmente alegre saludándome, y daba gusto levantarse entre tejados y pájaros. Sin embargo, las noches tan luminosas del estudio no me dejaban dormir.
Lo tapo todas las noches con una tela hindú de elefantes azules. Me subo a una silla (que, misteriosamente, se ha ido llenando de cada vez más ropa) y ajusto la tela a unos clavos que coloqué para que sirvieran de soporte. Así yo quedo de un lado, y el cielo de otro, y no nos confudimos.
Quizás algún día arregle la persiana.
La Dietrich — hace 2 años y 31 meses
Amicus — hace 2 años y 31 meses
Lucecilla — hace 2 años y 31 meses