(escrito el sábado 25 de febrero)
Ayer pasé tiempo con mi hermano. Nos reímos mucho y nos conocimos un poco más. Hicimos el tonto y cantamos por la casa canciones de Richi e Poveri como Sara perche ti amo y de Umberto Tozzi, como Tú. Le hablé de mis libros, de los que hacen daño y de los que hacen crecer. Me dijo que quizás se debía a eso el que yo pareciera siempre tan impasible al discurrir de la vida, que yo vivía las historias de los libros y no las de la vida real. Quise convencerle de que no soy impasible, pero no sé si lo conseguí. También volvió a llamarme medio en broma medio en serio "niña perversa", como cuando éramos pequeños, porque según él mi forma de tratar entonces a mis padres era un tanto cruel. Eso no pude negárselo. Entonces puse risa de bruja mala y levanté un dedo como amenazándole; él hizo como que huía y yo le perseguí por la casa hasta terminar los dos tirados en su (mi) cama.
Hoy por la mañana yo me he puesto a hacer algunas cosillas en el ordenador y él se ha quedado leyendo a Herman Hesse. Luego he oído que le daban arcadas y que iba al baño a vomitar. Ya me he acostumbrado. Imagino que es la medicación. Yo no pregunto y él no lo comenta después. Hacemos como si nada. Si leyera esto diría que mi forma de contar no es casual y que estoy haciendo literatura de la vida. Yo le respondería que evidentemente, no estoy contando, sino narrando.
Por la tarde hemos ido a hacer la compra. Yo le explicaba las ofertas y él ha pedido los puntos del supermercado. En casa hemos hablado de sartenes, de Italo Calvino, de lo bueno que está el jamón aquí y de la planta séptima del hospital. Dice que le obligaban a comer con todos los demás, y que no le gustaban sus miradas, por lo que que trataba siempre de apartarse. Dice también que según un amigo suyo eso le pasa a todos los que ingresan allí, que creen que los locos son los demás y no ellos. He abierto "Las ciudades invisibles" pero me ha pedido que lo cerrara. Yo tampoco me atrevo a leerlo todavía.
Hemos pensando que estaría bien ver una peli de Drew Barrimore, que nos cae bien a los dos, y nos hemos acurrucado el sofá bajo una manta de cuadros a ver "Ever After", que como es un cuento con final feliz (y no demasiado ñoño) nos ha gustado a los dos.
En la cena otra vez ha salido la pregunta de por qué los libros pueden hacer tanto daño, y él se planteaba dejar de leer. Yo le he citado a Carmen Martín Gaite, con lo de que las buenas historias tienen eso, que te las crees, que se convierten en verdad. Hemos cambiado los papeles. Él: "¿Se convierten en verdad o son verdad?". Yo: "Son verdad"; él: "Cuidado con el salto"; yo: "Creer las historias de los libros no me hace perder pie con la realidad, no te preocupes"; él: "Casi prefiero a mi hermana la que se pasa el día delante del ordenador; la que habla de libros me da un poco de miedo..."
Al irnos a dormir se ha empeñado en llevarme en brazos hasta mi cuarto, porque peso poquísimo, y le encanta levantarme. Yo primero me he negado, pero me ha levantado y no he podido hacer nada. Después me he puesto la manta de cuadros pon encima de la cabeza, porque como era carnaval había que disfrazarse. Según mi hermano parecía un personaje de Ben Hur. Él se reía, y yo también.
Estos días he descubierto que mi capacidad para hacer el tonto no tiene límites.
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