Este fin de semana yo tenía planeado pasarlo en Inglaterra, con Elena en Canterbury y con otra amiga en Londres. Compré unos billetes baratísimos, pero desde que los compré, empecé a dormir intranquila con la sensación de que había algo que no funcionaba en ese viaje. Todo se iba complicando: Elena y yo no nos terminábamos de poner de acuerdo entre Canterbury o Londres, y nos tocaba ceder a alguna de las dos. Mi amiga de Londres estaba de exámenes estresadísima y prefería que no fuera. Los vuelos llegaban y salían a horas infernales y el taxi para llegar a la civilización me salía 2 veces más caro que el billete de avión... Finalmente, resultó que en el trabajo había cada vez más trabajo y que no podía alejarme de mi ordenador y de mi ip fija, así que cancelé el viaje. Me dio mucha pena quedarme sin los abracitos de Elena, pero desde que tomé la decisión de no ir, desaparecieron los sueños intranquilos.
Después de eso, sucedieron unas cuantas cosas:
El viernes conocí a una "sister", y creo que Carmen Martín Gaite hubiera estado encantada de vernos conversar saltando de un tema a otro, pero sin perder el hilo, en una tarde/noche que se convirtió en toda una retahila de palabras y referencias comunes.
El sábado tuve una visita sorpresa en Sitges. Comimos de bocata en unas rocas frente al mar, nos pusimos algo trágicas hablando de los para siempre (ella todavía cree; yo creo que nunca se olvida pero siempre se cambia, afortunadamente), atravesamos un caminito medio silvestre lleno de flores azules, paseamos por el puerto deportivo, vimos un montón de coches lujosos, yo quise asaltar un yate, pero ella no me dejó, vimos un pato solitario y una puesta de sol entre mástiles de veleros.
En el camino de vuelta el tren se retrasó lo indecible y no cumplió ni uno sólo de sus horarios, ni el que venía en papel, ni el que se anunciaba en las pantallas. Después de eso tengo que reconocer que quizás ella tenga razón y Sitges está lejos (pero sólo un poco).
Después de despedirla, en Barcelona esa noche perdí un contacuentos, pero cené con una amiga y dimos un paseo por el Raval nocturno. Tras un intento de tomarnos una copa en un par de bares, terminamos esperando mi autobús en el Vips viendo libros.
El domingo me levanté tarde, desayuné tarde un té con galletas balanceándome en la hamaca de mi terraza, con música de piano de fondo, escribí un par de versos, regué mis plantas, pensé en la felicidad. Por la tarde, justo cuando estaba a punto de ir a la playa y me retrasaba sin saber muy bien por qué, me llamó Paolo. Me alegré mucho, me lie con el tema del libro y creo que no le conté las cosas más importantes. Pensé en la nostalgia.
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