hay algo a lo que todavía no me acostumbro aquí: el mar.
El domingo fui a la playa. Vivo a unos 15 minutos andando del mar, y sin embargo apenas bajo a la playa. A veces, por las tardes, cuando ya se han ido los turistas, bajo al mar y paseo un poco por la orilla. Suelo descalzarme y meter los pies en el agua. Después, me siento a leer hasta que se hace de noche y vuelvo a casa. No lo hago todos los días, ni siquiera todas las semanas.
El domingo vinieron a rescatarme desde Barcelona dos mujeres estupendas y me llevaron a la playa. Era el primer día de este verano en el que iba así, a la playa, a tomar el sol, con mi toalla, mi crema... Y aunque nunca hago planes de playa, me encantó el día. Me encantó porque aunque yo siempre voy de sola por la vida, me gustó encontrarme en tan buena compañía y que me rescataran de uno de esos domingos que suelen pasar sin pena ni gloria delante del televisor o de un libro. Pensé que qué suerte vivir tan cerca del mar y que me encantaría que Avecilla estuviese aquí para irnos juntas a la playa.
Y es verdad que no termino de acostumbrarme al mar, pero ahora mismo no lo cambiaría.
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