Ayer mi hermano, el mismo que salía de casa vestido de duende, entraba a casa gritando: "¡ya tenemos beata!". Y efectivamente, el domingo beatificaban a la madre M., y era la primera beatificación que se celebraba en España, tras la decisión del Papa Habemus de que las beatificaciones se realicen en el lugar de origen del beato/a en vez de en Roma.
¿Y qué tiene esto que ver conmigo? Bueno, pues que dos mil peregrinos se acercaban a cierta catedral vasca para asistir a tal acontecimiento, y entre ellos dos monjas de cierto país latinoamericano que venían a quedarse en mi casa invitadas por mi hermano. A la beatificación en la catedral no podía entrar todo el mundo, sólo unos cuantos privilegiados que tenían invitación, como el alcalde de la ciudad, representantes políticos varios, una serie de curas, muchos obispos, más monjas... y mi hermano y mi madre.
Desde que recibió la invitación mi madre ha estado como loca pensando qué se ponía o qué se dejaba de poner. A esa preocupación, se unió la de tener dos invitadas en casa, con lo que se puso a cocinar cantidades ingentes de comida toda la semana, y a continuar con su costumbre de cambiar los muebles de sitio y ubicar dos y hasta tres camas donde sólo había una. Y así, la beatificación ha sido el acontecimiento alrededor del cual se ha articulado la vida familiar todos estos días.
El viernes llegaron las dos monjas. Hasta ayer estuvo bien, porque no nos hemos cruzado mucho en casa. Pero ayer estaba yo tranquilamente con mi ordenador cuando llegaron todas emocionadísimas a casa tras la ceremonia en la catedral, y al grito de "¡Ya tenemos beata!" invadieron mi espacio vital, esto es, el salón de casa, que a falta de una habitación propia, es el lugar que habito aquí (aquí duermo en un sillón cama de quita y pon y aquí trabajo enchufada a un cable que logré pasar a través de la terraza). En ese momento, en el que estaba felizmente chateando con una bloguera, sólo pude decir una cosa: "odette, socorroooooooo, sálvame".
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